Cádiz

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Cuando pienso en Cádiz, pienso en luz. Una luz brillante, cálida, que ilumina cada rincón de la ciudad y a su gente.

Una luz que ilumina sus parques, llenándolos de vida, de risas y voces,

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y su mar. Ese mar junto al que los pescadores pasan sus tardes, en compañía de sus cañas, esperando ese pez que les de la satisfacción del logro conseguido.

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Porque no se puede entender Cádiz, sin la fusión de la luz y el mar. Cuando la luz se va apagando, la playa se va quedando solitaria y es el momento idóneo para hacerla testigo de amores y desamores, de riñas, de nostalgias, de sueños.

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Las últimas luces, también indican el final de la jornada. Es el momento de dejar las barcas, de regresar a casa con la familia. Mañana será otro día. El sol brillará de nuevo y, con él, regresará la luz.

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Gijón

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Hablar de Gijón es hablar del mar, de ese Cantábrico que pasa de la calma a la furia en cuestión de segundos. Ese Cantábrico que te da espacio para caminar junto a él y, al instante, te lo quita, como si fuera el amo y señor de la ciudad y ésta le perteneciese.

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Es el mar junto al que se puede pasear, el mar que te relaja mientras lo contemplas, el mar que te da la calma que la vida te exige para poder seguir peleando.

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Incluso, cuando la noche empieza a caer sobre la ciudad, y los cielos se vuelven de fuego, ahí está el mar. Quieto, expectante, altivo

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No importa la hora, no importa la época del año, el mar siempre esta ahí. Es el amigo que no abandona, pase lo que pase. Es el amante fiel de una ciudad que no puede ni quiere darle la espalda.

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Sor Juana Inés de la Cruz

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Hace un mes, paseando por Madrid en el comienzo de mis vacaciones, me encontré con el monumento a Sor Juana Inés de la Cruz. Una escultura, réplica de la que existe en México DF, que fue un regalo del pueblo Mexicano al pueblo de Madrid otorgado en Octubre de 1981.

Considerada una de las grandes figuras de la literatura mexicana, prefiero quedarme con su faceta como feminista adelantada a su tiempo. Una mujer que ingresó al convento porque, como ella misma dijo, “para la total negación que tenía al matrimonio era lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad de mi salvación”.

Junto con la foto, os dejo un poema que refuerza esa visión feminista que ella tenía del mundo. De su mundo, en la segunda mitad del siglo XVII. Un poema que me hace pensar en lo poco que han cambiado algunas cosas en más de tres siglos y me da fuerzas para seguir luchando por nosotras, las mujeres, por nuestros derechos y libertades.
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Hombres necios que acusáis

Cinco años de silencio

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Es aterrador ver la imagen de Aylan, porque ese era su nombre, yaciendo en la playa, pero no es menos aterrador pensar en los miles que han corrido la misma suerte durante los últimos cinco años. Porque el drama de todos los refugiados sirios que ahora llegan a las puertas de Europa huyendo del terror, dura ya cinco años. Cinco años en los que los medios que ahora reclaman soluciones callaron, porque no era noticia. Cinco años en los que nadie ha pedido explicaciones a Rusia y a China por oponerse, con su derecho de veto, a una intervención para acabar con el régimen de terror de Bashar al-Asad. Cinco años en que a nadie parecía importarle si tenían un techo, una comida o si llegarían vivos al día siguiente, a la hora siguiente. Cinco años en los que, las decenas de miles que ya no tuvieron ni siquiera la oportunidad de ser refugiados, no abrían las noticias, ni eran portadas de periódicos.

Ahora nos estalla en la puerta de casa y tenemos que buscar una solución de emergencia. Que no será la mejor, probablemente, pero es la que hay que buscar. Qué pena, que durante los cinco años anteriores, no buscáramos la forma de que no tuvieran que llegar a este momento.

Las trece rosas

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El 5 de agosto se 1939 trece jóvenes de entre 18 y 29 años fueron fusiladas en Madrid. Trece mujeres cuyo único delito era pertenecer a las Juventudes Socialistas Unificadas. La guerra había terminado, pero los vencedores no habían hecho más que empezar su “limpieza”, que prolongarían 40 años más.

A las Trece rosas las asesinaron, pero no consiguieron hacer que cayeran en el olvido. Y no habrán vencido mientras, cada 5 de agosto, las recordemos, mientras sus nombres sigan diciéndole algo al mundo. Cumplamos el deseo se Julia Conesa cuando, en su carta se despedida a su madre, pidió “que mi nombre no se borre se la historia”

Éste es mi pequeño homenaje a:

Carmen Barrero Aguado 🌹

Martina Barroso García 🌹

Blanca Brisac Vázquez 🌹

Pilar Bueno Ibáñez 🌹

 Julia Conesa Conesa 🌹

Adelina García Casillas 🌹

Elena Gil Olaya 🌹

Virtudes González García 🌹

Ana López Gallego 🌹

Joaquina López Laffite 🌹

Dionisia Manzanero Salas 🌹

Victoria Muñoz García 🌹

Luisa Rodríguez de la Fuente 🌹

Fundido en negro

Hoy, mi ciudad llora y se vuelve oscura. Esa ciudad a la que llegué siendo adolescente, a la que vi crecer, mientras yo hacía lo propio. Esa ciudad en que el gris industrial y el brillo de la prosperidad y los avances se fusionaban como un todo. Durante muchos años, gracias al trabajo y el esfuerzo de hombres y mujeres, la ciudad se volvió un referente para el turismo, para la cultura e, incluso, para personas que, como en el caso de mi familia, veían en ella un mejor futuro.

Pero un buen día, mi ciudad se empezó a volver gris. Al frente del gobierno municipal, ya no había personas que se preocuparan por mantenerla resplandeciente y la ayudaran a seguir creciendo. Pero todos sabíamos que el mandato de esas personas grises, que volvían gris a la ciudad, tenía una fecha de caducidad. Y llegó el día de elegir quién estaría al frente de la ciudad, los que le habían dado color, o los que la volvieron gris. Y la gente eligió y eligió el color, la alegría. Y la gente decidió que deberían ser tres grupos  quienes le dieran color, así que a sus responsables les tocaba ponerse de acuerdo en cómo lo harían.

Fueron pasando los días y, uno de los grupos, el último en entrar en escena, aunque sus integrantes fueran viejos conocidos, empezó a poner excusas: hoy no me va bien, mañana tengo planes, a ver si encuentro un hueco y te llamo, y así, sucesivamente. No hacia falta ser muy listo para darse cuenta de que no estaban muy por la labor, y el pesimismo empezaba a correr entre todos aquéllos que apostábamos porque aquello saliese bien. En medio de todo este proceso, y para buscar la coartada para una decisión que ya estaba tomada, se sacaron un conejo de la chistera en forma de “consulta popular”. Una consulta que nadie consideraba sensata, salvo ellos y la gente gris que veía en ella ese clavo ardiendo que necesitaban. Con la coartada en la mano, aceptaron la reunión con los otros dos. Llegaron con la actitud chulesca del que cree tener la sartén por el mango, del,que sabe que solo está allí para hacer el paripé, pero que estaría mejor en otro lado.  El desencuentro, en ese ambiente, estaba garantizado, como así fue.

Pero aún quedaba un día, con sus 24 horas para que aquello cambiara. Muchas personas clamaban por un cambio de actuitud, pedían, casi suplicaban, que no se permitiera seguir viviendo en el gris. De nada sirvió.

Los que venían a renovar, a escuchar a la ciudadanía, se taparon los oídos y solo se escucharon a sí mismos y a sus intereses. Le entregaron el gobierno de la ciudad a las personas grises y, a la puerta del Consistorio lo celebraban, felices como ganadores, demostrando que esa era la estrategia desde el principio. Ahora tendrán que dar explicaciones a todas aquellas personas que confiaron en ellos y a las que traicionaron. A las que pidieron el voto con cantos de sirena.

Pero ése es su problema y de quienes les votaron. El problema, para el resto, es asistir impotentes a cuatro años en los que la ciudad, salvo que se produzca un milagro, pasará del gris al negro.

Las reglas del juego

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Juego

Para poder jugar, es importante que todos los jugadores conozcan previamente a qué van a jugar, y cuáles son las reglas de ese juego. Si el juego es sobradamente conocido, todo lo más que se puede es acordar si la apuesta tiene un mínimo o un máximo, si el que pierde paga los cafés o si, se eleva la apuesta, y al vencedor se le invita a cenar. Acordado eso, toca sentarse a la mesa, repartir las cartas y empezar la partida.

Una vez que las cartas están sobre el tapete, la suerte y la habilidad de los jugadores son fundamentales. A veces se gana, otras se pierde y algunas, las menos, hay empate. Lo importante es que, al final de la partida, todo el mundo quede satisfecho con lo que ocurrió en la mesa de juego. Esto es lo que ocurre cuando todos los jugadores saben para qué están allí y cuál es su cometido.

Lamentablemente esto, que parece tan sencillo, se rompe muchas veces cuando en la mesa hay un mal jugador. Alguien que, cuando gana las reglas son correctas, pero que, cuando pierde, trata de cambiarlas en mitad de la partida. Pero las reglas son tozudas y se empeñan en mantenerse, especialmente, cuando el resto de jugadores no acepta la rabieta de quien no sabe asumir que es uno más y que no siempre puede ganar por mucho que se patalee o se pretenda que los observadores silenciosos, ajenos a la partida, den su opinión.

Así que, estimado jugador, si piensas sentarte a la mesa, asegúrate de que también estás dispuesto a aceptar las reglas del juego para que ni tú, ni los demás, pierdan el tiempo con una partida que no se va a terminar.

Atardecer

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Hay un momento, justo cuando el sol empieza a esconderse y aparece la noche, en que caminar por la playa se vuelve mágico. Apenas hay nadie, salvo uno mismo y sus pensamientos. Ese momento en que puedes escuchar tus pensamientos y discutir con ellos cuando se empeñan en contradecir lo que dice el corazón.

¿Hay un momento con más poesía que esa hora en que el cielo se vuelve rojizo?

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The most important thing

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“¿Qué es lo más importante que te llevarías si, de repente, tuvieras que huir de tu hogar y de tu país?”

Esta pregunta que, muchos ni siquiera nos planteamos, porque vivimos en la comodidad de nuestros hogares, en países sin conflictos, donde nuestras vidas no corren peligro, es la que da origen al trabajo que el fotoperiodista Brian Sokol, utiliza como hilo de los “Retratos de una huida”, para ACNUR. Un excelente trabajo que pone nombre a los más desfavorecidos, que los convierte en personas de carne y hueso sacándoles del anonimato del término  “refugiado”. 

A lo largo de su obra nos muestra a personas, hombres, mujeres y niños, que han tenido que dejar atrás su hogar en Siria, Sudán del Sur, República Centroafricana o Mali. 

Entre esos rostros se encuentra Dowla, una joven de 22 años que dejó atrás su hogar en Sudán para salvar su vida y la de sus seis hijos. Consciente de que el camino era largo, lo que se llevó consigo fue un palo del que colgaban dos cestas, una en cada extremo, que le servían para llevar a los niños cuando se cansaban.

O, el tuareg Omar Ag Chakude, que huyó con su familia de Mali llevando su vieja tienda tuareg, hecha con pieles de animal. Una posesión que simbolizaba el vínculo con sus ancestros. Y ¿por qué esa tienda? Porque como él explica: “No podía soportar dejarla. Me hubiera sentido como si dejara toda mi vida atrás”. Como si abandonar tu país, aunque sea con toda tu familia, no sea dejar tu vida atrás. 

Tan atrás que hay quien sabe que nunca regresará a su país, como le ocurre al maliense Homaia Ag Bara, que a sus 60 años tiene claro que “Cuando todo el mundo regrese, yo me quedaré aquí en Burkina Faso. Estoy demasiado asustado como para volver, como para enfrentarme a los terribles recuerdos”.

Hay decenas de historias, de rostros, de vidas truncadas por la guerra y la barbarie, pero entre ellas hay algunas que me conmovieron especialmente. Como la de Alia, una joven de 24 años, ciega y en silla de ruedas que padeció los bombardeos y ataques a su país con el miedo a que su familia “se marchara y me dejaran atrás”. Afortunadamente, no lo hicieron.

Y, para terminar, quiero resaltar la historia de Fideline, una adolescente de la República Centroafricana, de 13 años. Cuando su familia tomó la decisión de abandonar su casa, tan sólo se llevó sus cuadernos y su bolígrafo. Atrás quedaron su cartera, sus zapatos o sus cintas de colores para el pelo. Ella se aferró a esos cuadernos y a ese bolígrafo porque “quiero estudiar para ser alguien en la vida. Quiero estudiar”. 

Fideline tiene derecho a estudiar, a ser alguien y todos ellos tienen derecho a recuperar sus vidas, y para ello es importante que  todos nosotros, los que estamos en la comodidad de nuestros hogares, colaboremos exigiendo a nuestros gobiernos y a la comunidad internacional que deje de mirar hacia otro lado y, en menor medida, aunque igual de importante, colaborando con ACNUR, con las donaciones que cada quien pueda o quiera.

La mina

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Para los que nacimos en las cuencas mineras y, especialmente, para los que venimos de familia minera, la mina y los mineros nos merecen todo el respeto. Conocemos bien la vida de esos trabajadores que cada día emprenden el camino a sus puestos de trabajo, dejando atrás sus casas, sus familias, sus vidas, con la incertidumbre de si volverán a verlas o no.

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Una vez dentro, lejos de la luz del sol, a varios cientos de metros bajo tierra, las cosas tienen otro color. El color que les dan las pequeñas linternas que llevan adheridas al casco. Ese tandem, casco-linterna, que se convierte en su mejor aliado ante una oscuridad que les acompañará durante las duras horas de trabajo.

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No importa que afuera siga luciendo el sol, allí abajo sólo hay oscuridad, aire denso y humedad. También la solidaridad, la conversación y la risa de los compañeros. Todos son conscientes de que su suerte será la misma si la desgracia llega.

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Y mientras muchos están allí abajo, algunos más están afuera vigilando las máquinas,

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trabajando en la fragua,

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en la carpintería,

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o en el botiquín (dispensario médico). Ese lugar que, con suerte, seguirá vacío. Señal de que la jornada transcurrió con normalidad y sin accidentes.

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Terminada la jornada, comienzan a avanzar por las galerías, camino de la jaula, ese ascensor que les conducirá a la superficie. Se agolpan ante su puerta esperando que suene el reloj y la campana que indica que ya es hora de subir, de regresar junto a sus madres, junto a sus esposas, junto a sus hijos.

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Una vez en la superficie, el sol les golpea el rostro. Les hace sentir que siguen vivos, que volverán a sentir el abrazo de esa madre, la caricia de esa esposa, el beso de ese niño. Volverán a disfrutar de la tertulia en el bar del pueblo, de las risas con los amigos, del calor del hogar. Son conscientes de su suerte, aunque no lo mencionen. Pero también saben que al día siguiente el ciclo volverá a empezar. Un ciclo de una vida dura, muy dura, pero que les hace ser quienes son. Es su vida y por esa razón, lucharán para que dure, porque de esa vida depende su futuro y el de sus familias.

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(Fotos tomadas en el Ecomuseo minero del Valle de Samuño – Langreo)

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