Masa

Al fin de la batalla, 
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre 
y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!» 
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. 

Se le acercaron dos y repitiéronle: 
«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!» 
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. 

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil, 
clamando «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!» 
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. 

Le rodearon millones de individuos, 
con un ruego común: «¡Quédate hermano!» 
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo. 

Entonces todos los hombres de la tierra 
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; 
incorporose lentamente,
abrazó al primer hombre; echose a andar…

César Vallejo

Anuncios

Graffitti

Paseas por la ciudad y, a poco que te fijes, descubrirás a esos vecinos silenciosos, que adornan paredes y muros y que, en lugar de ser testigos de nuestros pasos nos transportan a sus mundos.

Nos hacen pensar en quién estará pensando la atractiva mujer con rostro de melancolía. Cuál será la historia que se esconde tras su rostro.

Vemos al cisne y sentimos que bajo su ala protectora estaremos arropados y nada malo podrá pasarnos.

Estiramos la mano para ayudar al joven pescador a atrapar a su pez, antes de que la ola lo engulla para siempre.

Nos conmueve la niña que se aproxima al monstruo con una mirada limpia, sin ver en él algo malo, pese a la desconfianza que parece sentir su amigo el pájaro.

Y, al girar la esquina, está la nave que nos puede trasladar a otros mundos, aún más lejanos y oníricos.

Y también está el niño que lee, probablemente historias de mujeres, de cisnes, de pescadores y peces, de niñas y monstruos, o de naves alienígenas. Historias que le transportan tan lejos como la imaginación le permita.

Y sigues tu paseo dejándoles atrás, pero sabiendo que ya son parte de la ciudad. Son esos vecinos que, sin proponérselo, despiertan tu imaginación y te hacen ver la ciudad de otro modo.

Ocaso

Dice la RAE, en su primera acepción, que el ocaso es la “puesta del sol, o de otro astro, al trasponer el horizonte”. Un momento que, si hay suerte y el tiempo lo permite, nos sorprenderá por su llamativo colorido y nos hará desear que ese momento se prolongue para siempre, que no termine.

Todo lo contrario que ocurre con la otra definición que nos dan los académicos, cuando nos dicen que ocaso también es “decadencia, declinación, acabamiento”. En ese caso, deseamos que el final llegue pronto, que la agonía no dure demasiado.

Los humanos somos capaces de lidiar con los problemas, con la tristeza, con la fealdad, con la decadencia que nos rodea. Aprendemos desde pequeños a avanzar pese a lo negativo.

Sin embargo, no siempre nos paramos a reflexionar, a pensar antes de seguir avanzando. Por esa razón, cuando tenemos la fortuna de estar en el lugar y momento correctos, lo mejor que podemos hacer es sentarnos a contemplar la belleza que la naturaleza nos regala. Y aprovechar esos momentos de calma para reflexionar sobre qué queremos y cómo queremos conseguirlo.

Si lo hiciéramos, tal vez, y sólo tal vez, el mundo sería un lugar mejor.


Prerrománico Asturiano (I)

Ramiro I gobernó el Reino de Asturias tan sólo durante ocho años, del 842 al 850, pero dejó como legado algunas de las obras arquitectónicas más significativas del arte prerrománico asturiano.

La iglesia de San Miguel de Lillo (Sanmiguel de Liño), dedicada a San Miguel Arcángel, fue mandada edificar hacia el 842 por el rey Ramiro I. El monarca mandó construir junto a sus palacios con función de iglesia palatina.
Desgraciadamente sólo ha llegado hasta nosotros una tercera parte de la construcción original, ya que toda la cabecera y parte de las naves se derrumbaron, posiblemente en el siglo XI, al parecer debido a un desplazamiento de tierras motivado por un arroyo cercano.

En la actualidad, después de las excavaciones que se efectuaron a lo largo del siglo pasado, conocemos no sólo la parte que aún subsiste, sino también toda su planta original.

La Unesco la declaró Patrimonio de la Humanidad en 1985.


Por su parte, Santa María del Naranco es un edificio de planta rectangular de 21 metros de largo por 6 de ancho, dividido en dos pisos, con una altura total de unos 9 m​ resultando una planta bastante alargada. En sus lados mayores existen dos salientes de los cuales el del lado norte corresponde a una escalera de dos tiros por la que se accede a la planta superior.

No se conoce exactamente cuál fue la finalidad del edificio. Algunas hipótesis hablan de palacio de caza, por el bosque que rodeaban el complejo arquitectónico en el siglo IX, o como residencia dedicada al ocio.

Pero haya sido cual haya sido, lo importante es que es el edificio mejor conservado y uno en el que se pueden observar todos los elementos característicos del arte ramirense.

El templo fue declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco en diciembre de 1985.

Paseando por Florencia

Si tuviera que definir a Florencia con una sola palabra, esa palabra sería Arte, porque lo primero que me viene a la mente son la bonita catedral de Santa María del Fiore con su fachada decorada, que se yergue orgullosa ante los paseantes, turistas o locales, que a diario pasan ante ella.

Una catedral que, si por fuera, llama la atención, por dentro deja sin palabras y las exclamaciones de admiración se suceden, por muy descreído que se sea, pese a lo austero de su interior, o quizás, por eso mismo.

Pero entre tanta austeridad, resalta la decoración de la Cúpula, obra del gran Filippo Brunelleschi.

Pero, incluso más que la magnífica catedral gótica, el gran protagonista de Florencia es el David de Miguel Angel, que estaba diseñado para estar en Santa María del Fiore, y que acabó instalado en la Galleria dell’Accademia. 

Lo que más llama la atención cuando uno entra en la sala en que se encuentra ubicado es el tamaño de la escultura. Pese a lo descomunal de la obra, la precisión del maestro Buonarroti en cada detalle hace que esperes que se baje de la peana y se ponga a caminar entre el numeroso público que le rodea.

Contemplando esa mano que le cuelga al costado, en la que se aprecian esas venas abultadas que, si las miras fijamente parecería que la sangre circula por ellas, no puedes evitar pensar en que si Goliat las hubiera mirado antes de que David usara la honda, quizás no habría estado tan seguro de su victoria y no hubiera sucumbido ante el ataque del pequeño David.

Y, como Florencia es arte, también sus artistas callejeros se convierten en arte, para no desentonar con el entorno.

Y en la ciudad Arte también hay espacio para la pintura, en este caso en el interior de la Galleria degli Uffizi, donde se pueden encontrar magníficas obras del Renacimiento, como la Primavera de Botticelli, aunque tengas que verla entre cabezas, brazos y fotos de otras personas.

Y, para acabar el recorrido por esta joya artística de la Toscana, una imagen del Ponte Vecchio desde una ventana de la Galleria. Porque Florencia no sería lo mismo sin ese puente, ni el puente sería lo mismo sin Florencia aunque cruzase el mismo río Arno.

El mar

En pocos sitios me siento tan yo como junto al mar. Puedo pasarme horas sentada contemplado el vaivén de las olas, viéndolas llegar y alejarse, unas veces tranquilas y sosegadas y otras, las que más me gustan, enfurecidas, queriendo arrasar con todo lo que trate de frenarlas.

Pero pocas cosas se comparan a vivirlo desde un barco viendo como la costa se va alejando y la gente y los edificios se hacen pequeñitos, mientras tú te sientes tan inmenso como el océano que te rodea. Ese momento en que el balanceo del barco, unido a la brisa y al aroma del mar, te hacen desear que el tiempo pase despacio o, mejor aún, que se detenga, que se haga eterno.

Pero, al final, la travesía termina y hay que regresar, aunque los recuerdos y las sensaciones no desaparecerán jamás. Y piensas en Alberti y su Marinero en tierra y sabes, que como él, estás unida al mar, incluso después de muerta.

Si mi voz muriera en tierra 
llevadla al nivel del mar 
y dejadla en la ribera.

  Llevadla al nivel del mar 
y nombradla capitana 
de un blanco bajel de guerra
.

  ¡Oh mi voz condecorada 
con la insignia marinera: 
sobre el corazón un ancla 
y sobre el ancla una estrella 
y sobre la estrella el viento 
y sobre el viento la vela!

(Rafael Alberti)

Volvemos

Han pasado más de dos años desde la última entrada, dos años en los que, muchas veces, he dudado entre matar el blog de manera definitiva o dejarlo morir en el olvido.

Pero hace unos días he vuelto a pensar en él y en las posibilidades que me ofrece de expresarme, de compartir mis ideas, mis locuras o mis pensamientos, así que sin más aquí estamos de nuevo, como uno sólo. Él y yo dos años después, retomando las cosas donde las dejamos.