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Por razones que no vienen al caso, esta mañana tuve que tomar un tren. Apenas me senté en mi lugar recordé qué día era, 11 de marzo. Inmediatamente vino a mi mente otro 11-M, el de 2004. Un 11-M en el que doscientas personas perdieron la vida sólo por ir en un tren, como hacíamos hoy mis compañeros de viaje y yo. Me pregunté cuántos estarían recordando ese momento también.

Aquella mañana de 2004, apenas pasaban unos minutos de las 7:30 a.m. y los trenes iban llenos de personas que comenzaban su día. Unos camino al trabajo, otros a estudiar, otros a alguna cita importante, da igual. Era un día normal, como tantos otros, haciendo el mismo trayecto. Y de repente todo se acabó. La barbarie y la sinrazón, camufladas bajo una religión (cómo no) habían decidido jugar a ser dios y poner punto y final a sus vidas y a sus ilusiones sobre las vías de Atocha, de El Pozo y de Santa Eugenia.

Saltaron las alarmas, los medios comenzaron a dar las noticias que, a medida que había más datos, eran más terribles que un minuto antes. Comenzaron los nervios, las llamadas de teléfono para confirmar que los familiares y amigos estaban bien. Después de unos minutos de angustia, te calmabas porque tu gente estaba bien y a salvo.

Pero había 200 muertos. Gente a la que no conocías, a la que no habías visto en tu vida, pero con la que te identificabas y por la que llorabas como si fueran tuyos. Y es que eran tuyos. Eran tu gente y nadie tenía derecho a hacerles aquello. Nadie tenía derecho a matarlos ni a ensuciar su muerte con mentiras y conspiraciones absurdas.

Eran nuestra gente y, de algún modo, todos íbamos en aquellos trenes.

Hoy, 9 años más tarde, este es mi pequeño homenaje a todos ellos, porque mientras les sigamos recordando no se habrán ido para siempre.

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