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Llegamos a la Île de la Cité una soleada mañana de otoño y allí nos esperaba la catedral de Notre Dame

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Entrar en esta joya del Gótico es un viaje a la Edad Media, especialmente si la visita coincide con la misa del domingo y el coro está cantando cuando atraviesas la gran puerta de madera que te separa del exterior.

La zona central está cerrada al público para que los muchos turistas no interrumpan la eucaristía que sacerdote y fieles celebran sin inmutarse, como si estuvieran en cualquier pequeña iglesia de pueblo y no en la gran catedral parisina. Ver sus vidrieras, sus lámparas con bombillas en forma de vela, el rosetón tapado por el gran órgano cuyo sonido se te mete en las entrañas, mientras paseas por los laterales y recorres la girola en el más absoluto silencio. No importa cuántos turistas haya dentro, sus voces apenas son audibles.

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Pero Notre Dame no es sólo su interior. También hay que subir a las torres, aunque Quasimodo no esté o se esconda de los curiosos. Desde lo alto, todos miramos a la calle quizás, como él, buscando ver llegar a Esmeralda.

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Sólo las gárgolas que vigilan la ciudad desde lo alto nos hacen compañía. Allí, junto a ellas, no se ven tan amenazantes ni horribles. Es más, no se puede dejar de tener cierto sentimiento de envidia por no poder disfrutar de esas vistas más que un ratito.

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