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Para los que nacimos en las cuencas mineras y, especialmente, para los que venimos de familia minera, la mina y los mineros nos merecen todo el respeto. Conocemos bien la vida de esos trabajadores que cada día emprenden el camino a sus puestos de trabajo, dejando atrás sus casas, sus familias, sus vidas, con la incertidumbre de si volverán a verlas o no.

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Una vez dentro, lejos de la luz del sol, a varios cientos de metros bajo tierra, las cosas tienen otro color. El color que les dan las pequeñas linternas que llevan adheridas al casco. Ese tandem, casco-linterna, que se convierte en su mejor aliado ante una oscuridad que les acompañará durante las duras horas de trabajo.

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No importa que afuera siga luciendo el sol, allí abajo sólo hay oscuridad, aire denso y humedad. También la solidaridad, la conversación y la risa de los compañeros. Todos son conscientes de que su suerte será la misma si la desgracia llega.

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Y mientras muchos están allí abajo, algunos más están afuera vigilando las máquinas,

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trabajando en la fragua,

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en la carpintería,

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o en el botiquín (dispensario médico). Ese lugar que, con suerte, seguirá vacío. Señal de que la jornada transcurrió con normalidad y sin accidentes.

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Terminada la jornada, comienzan a avanzar por las galerías, camino de la jaula, ese ascensor que les conducirá a la superficie. Se agolpan ante su puerta esperando que suene el reloj y la campana que indica que ya es hora de subir, de regresar junto a sus madres, junto a sus esposas, junto a sus hijos.

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Una vez en la superficie, el sol les golpea el rostro. Les hace sentir que siguen vivos, que volverán a sentir el abrazo de esa madre, la caricia de esa esposa, el beso de ese niño. Volverán a disfrutar de la tertulia en el bar del pueblo, de las risas con los amigos, del calor del hogar. Son conscientes de su suerte, aunque no lo mencionen. Pero también saben que al día siguiente el ciclo volverá a empezar. Un ciclo de una vida dura, muy dura, pero que les hace ser quienes son. Es su vida y por esa razón, lucharán para que dure, porque de esa vida depende su futuro y el de sus familias.

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(Fotos tomadas en el Ecomuseo minero del Valle de Samuño – Langreo)

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