La Ciudad Eterna, la ciudad de César Augusto, la ciudad del sacro imperio romano-germánico, la ciudad de Fellini. Todo eso y más es Roma. Una ciudad caótica y bella a partes iguales. Una ciudad que te sorprende con una obra de arte en cada esquina.

Lo más emblemático, sin duda, el Coliseo, sede de las luchas de gladiadores, que aún hoy medio en ruinas, muestra su esplendor. No es difícil imaginar sus gradas llenas de gente gritando, animando y mostrando sus filias y fobias hacia aquellos hombres que, no pocas veces, dejaban su vida en la arena, por la decisión arbitraria de otros.

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Pero no le van a la zaga espacios como el Foro Romano y Palatino. Es extraña la sensación de recorrer sus calles en el siglo XXI y no poder evitar pensar en ellas llenas, celebrando otra victoria de las cohortes que ayudaba a ampliar el Imperio. Esas calles que recibieron a Cleopatra, a Julio César, a Marco Antonio, que vieron caminar por ellas a Tiberio, a Domiciano, al propio Nerón.

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Esa Roma que, apenas sin transición, te lleva al Rinascimento de Miguel Ángel, con sus magníficas esculturas, como el Moisés que se encuentra en San Pietro in Vincoli,

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o al Barroco de Bernini con obras como Santa Maria Maggiore

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o la columnata de la Piazza San Pietro.

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Pero Roma también es actualidad, es gente que camina por sus calles, o las recorre en moto,  igual que hicieron Audrey Hepburn y Gregory Peck.

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Y con su caos circulatorio, sus calles y plazas plagadas de turistas y un profundo aire decadente, Roma te enamora, te atrapa y te hace saber que, con o sin arrojar moneda a la Fontana de Trevi vas a volver. Porque siempre hay un rincón nuevo que descubrir.

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