Las reglas del juego

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Juego

Para poder jugar, es importante que todos los jugadores conozcan previamente a qué van a jugar, y cuáles son las reglas de ese juego. Si el juego es sobradamente conocido, todo lo más que se puede es acordar si la apuesta tiene un mínimo o un máximo, si el que pierde paga los cafés o si, se eleva la apuesta, y al vencedor se le invita a cenar. Acordado eso, toca sentarse a la mesa, repartir las cartas y empezar la partida.

Una vez que las cartas están sobre el tapete, la suerte y la habilidad de los jugadores son fundamentales. A veces se gana, otras se pierde y algunas, las menos, hay empate. Lo importante es que, al final de la partida, todo el mundo quede satisfecho con lo que ocurrió en la mesa de juego. Esto es lo que ocurre cuando todos los jugadores saben para qué están allí y cuál es su cometido.

Lamentablemente esto, que parece tan sencillo, se rompe muchas veces cuando en la mesa hay un mal jugador. Alguien que, cuando gana las reglas son correctas, pero que, cuando pierde, trata de cambiarlas en mitad de la partida. Pero las reglas son tozudas y se empeñan en mantenerse, especialmente, cuando el resto de jugadores no acepta la rabieta de quien no sabe asumir que es uno más y que no siempre puede ganar por mucho que se patalee o se pretenda que los observadores silenciosos, ajenos a la partida, den su opinión.

Así que, estimado jugador, si piensas sentarte a la mesa, asegúrate de que también estás dispuesto a aceptar las reglas del juego para que ni tú, ni los demás, pierdan el tiempo con una partida que no se va a terminar.

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Atardecer

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Hay un momento, justo cuando el sol empieza a esconderse y aparece la noche, en que caminar por la playa se vuelve mágico. Apenas hay nadie, salvo uno mismo y sus pensamientos. Ese momento en que puedes escuchar tus pensamientos y discutir con ellos cuando se empeñan en contradecir lo que dice el corazón.

¿Hay un momento con más poesía que esa hora en que el cielo se vuelve rojizo?

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The most important thing

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“¿Qué es lo más importante que te llevarías si, de repente, tuvieras que huir de tu hogar y de tu país?”

Esta pregunta que, muchos ni siquiera nos planteamos, porque vivimos en la comodidad de nuestros hogares, en países sin conflictos, donde nuestras vidas no corren peligro, es la que da origen al trabajo que el fotoperiodista Brian Sokol, utiliza como hilo de los “Retratos de una huida”, para ACNUR. Un excelente trabajo que pone nombre a los más desfavorecidos, que los convierte en personas de carne y hueso sacándoles del anonimato del término  “refugiado”. 

A lo largo de su obra nos muestra a personas, hombres, mujeres y niños, que han tenido que dejar atrás su hogar en Siria, Sudán del Sur, República Centroafricana o Mali. 

Entre esos rostros se encuentra Dowla, una joven de 22 años que dejó atrás su hogar en Sudán para salvar su vida y la de sus seis hijos. Consciente de que el camino era largo, lo que se llevó consigo fue un palo del que colgaban dos cestas, una en cada extremo, que le servían para llevar a los niños cuando se cansaban.

O, el tuareg Omar Ag Chakude, que huyó con su familia de Mali llevando su vieja tienda tuareg, hecha con pieles de animal. Una posesión que simbolizaba el vínculo con sus ancestros. Y ¿por qué esa tienda? Porque como él explica: “No podía soportar dejarla. Me hubiera sentido como si dejara toda mi vida atrás”. Como si abandonar tu país, aunque sea con toda tu familia, no sea dejar tu vida atrás. 

Tan atrás que hay quien sabe que nunca regresará a su país, como le ocurre al maliense Homaia Ag Bara, que a sus 60 años tiene claro que “Cuando todo el mundo regrese, yo me quedaré aquí en Burkina Faso. Estoy demasiado asustado como para volver, como para enfrentarme a los terribles recuerdos”.

Hay decenas de historias, de rostros, de vidas truncadas por la guerra y la barbarie, pero entre ellas hay algunas que me conmovieron especialmente. Como la de Alia, una joven de 24 años, ciega y en silla de ruedas que padeció los bombardeos y ataques a su país con el miedo a que su familia “se marchara y me dejaran atrás”. Afortunadamente, no lo hicieron.

Y, para terminar, quiero resaltar la historia de Fideline, una adolescente de la República Centroafricana, de 13 años. Cuando su familia tomó la decisión de abandonar su casa, tan sólo se llevó sus cuadernos y su bolígrafo. Atrás quedaron su cartera, sus zapatos o sus cintas de colores para el pelo. Ella se aferró a esos cuadernos y a ese bolígrafo porque “quiero estudiar para ser alguien en la vida. Quiero estudiar”. 

Fideline tiene derecho a estudiar, a ser alguien y todos ellos tienen derecho a recuperar sus vidas, y para ello es importante que  todos nosotros, los que estamos en la comodidad de nuestros hogares, colaboremos exigiendo a nuestros gobiernos y a la comunidad internacional que deje de mirar hacia otro lado y, en menor medida, aunque igual de importante, colaborando con ACNUR, con las donaciones que cada quien pueda o quiera.

La mina

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Para los que nacimos en las cuencas mineras y, especialmente, para los que venimos de familia minera, la mina y los mineros nos merecen todo el respeto. Conocemos bien la vida de esos trabajadores que cada día emprenden el camino a sus puestos de trabajo, dejando atrás sus casas, sus familias, sus vidas, con la incertidumbre de si volverán a verlas o no.

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Una vez dentro, lejos de la luz del sol, a varios cientos de metros bajo tierra, las cosas tienen otro color. El color que les dan las pequeñas linternas que llevan adheridas al casco. Ese tandem, casco-linterna, que se convierte en su mejor aliado ante una oscuridad que les acompañará durante las duras horas de trabajo.

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No importa que afuera siga luciendo el sol, allí abajo sólo hay oscuridad, aire denso y humedad. También la solidaridad, la conversación y la risa de los compañeros. Todos son conscientes de que su suerte será la misma si la desgracia llega.

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Y mientras muchos están allí abajo, algunos más están afuera vigilando las máquinas,

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trabajando en la fragua,

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en la carpintería,

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o en el botiquín (dispensario médico). Ese lugar que, con suerte, seguirá vacío. Señal de que la jornada transcurrió con normalidad y sin accidentes.

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Terminada la jornada, comienzan a avanzar por las galerías, camino de la jaula, ese ascensor que les conducirá a la superficie. Se agolpan ante su puerta esperando que suene el reloj y la campana que indica que ya es hora de subir, de regresar junto a sus madres, junto a sus esposas, junto a sus hijos.

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Una vez en la superficie, el sol les golpea el rostro. Les hace sentir que siguen vivos, que volverán a sentir el abrazo de esa madre, la caricia de esa esposa, el beso de ese niño. Volverán a disfrutar de la tertulia en el bar del pueblo, de las risas con los amigos, del calor del hogar. Son conscientes de su suerte, aunque no lo mencionen. Pero también saben que al día siguiente el ciclo volverá a empezar. Un ciclo de una vida dura, muy dura, pero que les hace ser quienes son. Es su vida y por esa razón, lucharán para que dure, porque de esa vida depende su futuro y el de sus familias.

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(Fotos tomadas en el Ecomuseo minero del Valle de Samuño – Langreo)

Castillo de Butrón

Este castillo medieval, aunque renovado en el s. XIX, sigue conservando el encanto que nos transporta a mundos de caballeros y damiselas en apuros, de justas y armaduras, de pendones y fanfarrias, de lacayos y bufones.

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El entorno y la vegetación que lo rodean, lo convierten en un lugar con una magia especial. Por momentos, esperas escuchar los cascos de los caballos acercándose o los cantos de algún juglar trotamundos.

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 Cuántas historias encerrarán sus muros de piedra, cuántos secretos, cuántas traiciones.

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El mar se enfada

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El pasado mes de febrero, la costa del Cantábrico sufrió un primer temporal que sorprendió por su dureza y los innumerables destrozos provocados.

Cuando apenas se estaban recuperando los afectados, llegó el segundo temporal. La tarde del lunes 5 de marzo, coincidiendo con la pleamar, el mar volvió a salir de su espacio, a inundar las calles y negocios que tiene por vecinos. A recordarnos lo frágiles que somos ante la Naturaleza.

La lluvia y el temporal no impidieron que muchos curiosos se acercaran a presenciar un espectáculo tan aterrador como atrayente. Confieso que yo no fui uno de ellos, aunque sí me acerqué al día siguiente.

El martes el mar seguía enfadado, pero ya no tanto.

140304-184743-MMGAunque a ratos seguía golpeando con fuerza, recordándonos a los curiosos, cuáles son sus dominios:

140304-194823-MMGIncluso sorprendiendo a alguno de ellos:

140304-183604-MMGY, antes de caer la tarde, como despedida, golpeó los diques con fuerza:

140304-202927-MMG-3Después de este segundo día, regresó la calma. Ya sólo quedan las consecuencias, que tardarán mucho en resolverse, y los recuerdos que, ninguno de los que vivimos estos días, podremos borrar.

Un tren en marcha

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@www.trendelalibertad.com

El 31 de enero, a las 14:00 horas, salía de la estación de Gijón “El tren de la libertad“. Un tren al que muchas personas, fundamentalmente mujeres, nos subimos para decirle al gobierno de España que no aceptamos que reformen la actual ley de interrupción voluntaria del embarazo y que no estamos dispuestas a quedarnos en casa calladas y sumisas dejándoles hacer y deshacer a su antojo.

Minutos antes de que partiera el tren, eran muchas las personas que se acercaron a la estación de ferrocarril para mostrar su apoyo y dejar claro que, aunque no podían subir a ese tren, nos apoyaban y compartían nuestras ideas.

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Licencia Creative Commons: Mauricio-José Schwarz

Pocas horas después, el tren llegaba a la estación de Valladolid. Una estación abarrotada de personas que se unían a la reivindicación y se sumaban a la manifestación hasta el auditorio Miguel Delibes, donde el PP (Partido Popular) celebraba su convención anual. Teníamos que decirles en su cara, aunque no se atrevieran a enseñarla, que nuestro cuerpo es nuestro y que no íbamos a consentir que ninguno de ellos con su mentalidad retrógrada y reaccionaria tiene derecho a decidir por nosotras.

Esa noche la pasamos en Valladolid donde unas cuantas afortunadas tuvimos la suerte de que algunas de las compañeras de Valladolid nos hicieran una breve visita guiada por la parte histórica de una bella ciudad.

La mañana del día 1, tras desayunar en el hotel, regresamos a la estación con la energía recargada y con más ilusión que el día anterior. Nuestro destino, Madrid.

Llegamos a la estación de Chamartín, donde la gente de la organización en Madrid nos esperaba para acompañarnos a la estación de Atocha.

Al bajarnos del cercanías que nos condujo allí, confieso me quedé sin palabras. Esperaba que hubiera gente, pero lo que allí había me desbordó, bueno creo que a todas. Pronto toda la estación se convirtió en un clamor al grito de “Sí se puede”. Salir de la estación fue una tarea complicada. La enorme cantidad de gente hacía que fuera una misión casi imposible. Finalmente llegamos a la calle y todavía se me pone la carne de gallina. La explanada de Atocha era un hormiguero.

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Gente por todas partes. Gente llegada de toda España, incluso de fuera de nuestras fronteras. Era tal el gentío que el pequeño grupo de asturianas con las que yo me encontraba estuvo parado en el mismo punto más de 45 minutos sin poder avanzar. Para cuando las compañeras se dirigieron a depositar en el registro del Congreso el manifiesto “Porque yo decido“, nosotros apenas habíamos llegado al Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad.

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Lo que se vivió en el tren, en Valladolid, en Madrid no fue algo aislado y momentáneo, es algo que está vivo y que mantendremos mientras no rectifiquen su postura. El tren ya se ha puesto en marcha y no tiene intención de detenerse.

Château de Vincennes

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Debo confesar que antes de llegar a París desconocía la existencia del Château de Vincennes, una maravilla de edificio medieval, construido para ser la residencia oficial de Carlos V, de Francia.

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Cuando te sitúas frente a su puerta, antes incluso de cruzar el puente que se eleva sobre el foso, esperas que en cualquier momento aparezcan dos guardias con sus armaduras y sus lanzas impidiendo el paso a los intrusos.

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Ese foso, que miras insistente esperando ver agua y cocodrilos, pero en el que hoy sólo hay hierba.

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Pero el viaje al pasado no termina ahí. Una vez que atraviesas las puertas y comienzas el ascenso a la muralla te encuentras con las estrechas escaleras de caracol, apenas iluminadas por alguna ventana, al final de la cual, en lo alto de la torre, tampoco hay una princesa en apuros a la que salvar:

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En las galerías de la muralla, cubiertas por las vigas de madera, puedes imaginar a los arqueros apostados ante las ventanas, para defender al Château y a sus moradores.

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Pero también quedan techos de madera en el interior del edificio principal, que conviven con los techos de piedra de la cámara principal del rey.

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131028-115655-MMGPasear por sus pasillos, asomarse a sus torres o entrar en sus habitaciones fue un inesperado y sorprendente reencuentro con la historia.

Père-Lachaise

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Siempre me ha gustado tomar fotos en los cementerios. Hay algo en ellos que me atrae y me inspira, así que en mi viaje a París no podía faltar la visita al cementerio de Père-Lachaisefamoso por contar entre sus “inquilinos” con personajes ilustres como Honoré de Balzac, Frédéric Chopin, Édith Piaf, Marcel Proust o Jim Morrison, por citar solo a unos pocos (poquísimos).

Pero no todo son tumbas con nombre, también hay muchas abandonadas, con vidrieras rotas que recuerdan que allí hay alguien del que ya nadie se acuerda.

ImageAlgunos se aseguraron que su mejor amigo siempre esté allí, a su lado, compartiendo el paso del tiempo:

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A otros sólo les acompañan las flores que deciden nacer en un lugar donde la muerte es la que manda:

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Pero, camines por donde camines, a lo largo de sus más de 44 hectáreas, siempre estarán ellos, los guardianes de Père-Lachaise, recordándote que ése también es su hogar, y que el intruso eres tú:

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Y no, por extraño que parezca, tomar fotos en los cementerios (aunque no sean tan famosos) es muy habitual, y en Père-Lachaise lo saben. Por esa razón, dentro de una de las criptas no hay una tumba, sino una enorme cámara de fotos. No es una tumba, sino la capilla de la Memoria Necropolitana, una asociación cultural que se dedica a salvaguardar el patrimonio funerario mediante fotografías:

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Museo del Louvre

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Cuando uno piensa en el Musée du Louvre cuesta creer que en sus orígenes fuese un castillo medieval, aunque todavía hay una parte visible del viejo castillo. Lógicamente todos tenemos en la mente el magnífico edificio que fue ampliado y embellecido en el Renacimiento y posteriormente y que fue palacio real durante un tiempo, hasta que en Mayo de 1791, en plena revolución francesa, la Asamblea decide convertirlo en el museo que es hoy.

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Al acceder al interior del edificio desde la línea de metro, sorprende encontrarse con una galería comercial y un vestíbulo modernos y actuales, bajo una espantosa pirámide de hierro y cristal (desde mi modesto punto de vista):

131026-114454-MMGPor suerte, una vez se cruza el control de entradas, el esplendor del edificio vuelve con toda su fuerza. Salas y salas llenas de obras de arte escultóricas y pictóricas de distintas épocas y procedencias nos trasladan a un viaje en el tiempo.

Pero el arte también lo puedes encontrar en sus techos:

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En sus escaleras:

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O en sus patios interiores:

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